lunes, 9 de diciembre de 2019

Una conferencia de vívida literatura vivida ( presentación del libro "El conferenciante" de Javier García Cellino)


Para quienes los buscamos y los coleccionamos, tienen algo de racimos de uvas o garrapiellos d’ablanes los libros de cuentos y de relatos, pequeños frutos que penden de la unidad y que, aunque compartan la caña, son distintos entre sí: agraces o dulces, maduros o verdes….
Con un libro de relatos acontece lo mismo. Son distintos los frutos que penden de la misma rama, y distinto el sabor que nos deja en el cielo de la boca.
Javier García Cellino ha reunido un tercio de su vida (literaria) en el libro de relatos que lleva por título El conferenciante (Septem, Uviéu, 2018) y cuya unidad reside en la personalidad del autor mismo, en la visión que ha ido adquiriendo a lo largo de toda una vida de lecturas, escrituras y diálogos con la literatura propia y la de ajenos. Como los anillos que deja el paso del tiempo en el corazón del tronco y que solo se perciben al abrirlo, así el lector puede ir contando las estrías literarias que vida y lecturas han dejado en la narrativa corta del autor langreano.
El conferenciante se concibe como una lección de literatura resuelta en once relatos. Estos los preside una prosa sobria y, como se dice en el argot de los escritores, con unos escenarios “bien amueblados”, es decir, para profanos, se percibe una labor de documentación trabajada con el propósito de hacer creíble, de incrustar en lo verosímil, la ficción: “La línea Maginot” y “Los buenos tiempos” son, en este sentido, los mejores ejemplos.
A medida que viajamos en la lectura percibimos que hay una búsqueda hacia el interior del relato y hacia el exterior de la geografía; un viaje hacia el más difícil todavía, precedido del redoble de tambor que se escucharía en el circo de “Bobby hasta el final de los siglos”. Javier Cellino busca desligarse de sí mismo en los relatos. Quedarse a solas con la literatura, con la tensión cortazariana que haga del relato un todo que sea capaz de sostenerse por sí mismo.
Y para ello prescinde de sí mismo. En sus relatos, Javier García Cellino no quiere ser él ni sus circunstancias. Nada hay que nos permita ubicarlo, a él o a sus personajes, en una coordenada espacial a través del lugar donde se sitúa la acción –en tan pocas ocasiones aparece alusión a algún topónimo-, ni siquiera el nombre de los personajes, que muchas veces recuerdan apellidos ultramarinos, cuando no son alemanes o franceses, de acuerdo con la ambientación del relato. Nada, ni un mínimo guiño, como había hecho, por el contrario, en la novela Círculos de tiza, a su contexto personal o a su biografía. Sí se permite el uso de ciertas licencias líricas en algunas descripciones, metáforas que solo la mirada de poeta puede hacer reposar en la prosa, con delicadeza, sin hacer daño o estruendo con el resto.
Además del autor, además de esa apuesta por una mirada comprometida solo con lo literario, ¿qué otra característica baña las once piezas de este libro? Inconfundiblemente el sabor, entre ácido y amargo, de una dulce ironía. La mayor parte de los once relatos que componen la entrega, se resuelven por la vía de ironía “ex machina”, un recurso que arranca una sonrisa al lector y deja sumidos en el mar de la desolación a los personajes.
Es la ironía final una constante en este muestrario hasta el punto de que se hace previsible que todo será imprevisible: desde el primer relato (biológicamente o cronológicamente hablando, es decir, escrito), “El sur”, hasta el primer relato (el primero que se encontraran cuando partan el árbol, que de celulosa arborescente se trata la materia con la que se componen los libros), “Los buenos tiempos”.
Los personajes, que fantasean o echan mano de argucias ficticias para sobreponerse a las particulares desgracias cotidianas, acaban derrotados por una ironía que cercena sus esperanzas.
¿Es esa, acaso, la lección final de El conferenciante?

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