sábado, 4 de febrero de 2017

De reinvenciones, recuentos y reencuentros. La reinvención del Quijote.


En su libro Ortega y Asturias, Luis Arias Argüelles-Meres nos desvelaba su rito de escritor. El rito de escritor lo conforman aquellos actos previos, ceremoniosos, que anteceden al momento de la escritura, ceremonias que sirven para la inmersión en el momento creativo: alza la vista y la pasea por las baldas donde reposan ordenados los libros que le han correspondido en herencia paterna; los lomos de los volúmenes de la editorial austral que su padre, ya ciego, acariciaba unos días antes de morir, a modo de agradecimiento y despedida. Viejos amigos, contertulios magníficos para quien se apreste a escucharlos; tertulia a la que Luis Arias fue iniciado y a la que Luis Arias acude para interpretar la vida, que fluye como el Narcea, a su paso por Llanio.
Luis Arias Argüelles-Meres es conocido, sobre todo, por su faceta de articulista y de experto lector. La lectura no consiste solo en decodificar los mensajes escritos, sino también en ubicar su relevancia en  el contexto socio-político en que esos mensajes se producen. En este sentido, las piezas de Luis Arias –que ha logrado imprimirles una estética y un tono propio, se presentan como faro que arroja luz sobre los escollos de este tiempo y de este país que algunos siguen llamando España.
La realidad histórica es una mescolanza de hechos y sucesos difícilmente parcelable. La educación y nuestro sistema educativo disecciona y parcela dicha realidad y nos la presenta en asignaturas que, pese a los intentos de referencialidad y de transversalidad logran, difícilmente logran transmitir esa visión interrelacionada de hechos que forman la vida. En filosofía se estudian los filósofos; en historia, los políticos y mandatarios; y en literatura, a los escritores. Pero en ocasiones, en una sola figura se dan varias disciplinas, como es el caso de Azaña o Unamuno, por ejemplo, olvidando que en los albores del siglo XX el papel de muchos intelectuales consistía en aunar su faceta de creador o pensador con su relevancia social. De tal modo, al resaltar una sola parte sobre las demás, solo se falsea, cuando no se caricaturiza su figura y su relevancia.
El último libro de Luis Arias Argüelles-Meres viene a rendir homenaje –que también es reivindicar- a unas generaciones de intelectuales que escribieron, que pensaron y que, en última instancia, actuaron movidos por el afán de justicia y de fraternidad, unos soñadores que idearon y  contribuyeron a forjar un modelo de estado pionero en libertades y derechos sociales, inspirado en la lectura y reinterpretación, en el redescubrimiento del  Quijote.
La reinvención del Quijote y la forja de la Segunda República constituye un libro lleno de coincidencias curiosas y atractivas: un ensayo de ensayos; un libro de vidas librescas que nos hablan de más vidas librescas, inspiradas en la figura de un perdedor, don Alonso Quijano, enfermo a su vez a causa de sus aficiones librescas.
 No hay aquí, en esta interpretación, en este descubrimiento, lugar para las disciplinas parceladas: política, filosofía, literatura… Todo en la vida es carácter, actitud.
Es este un libro que resalta, además, la división hecha por Turguenev en una de sus conferencias, en la que divide a los personajes en la actitud vital entre hamletianos y quijotescos; entre los que piensan, teorizan, incapacitados para la acción y aquellos que, como el hidalgo manchego es acción, puesta en movimiento. Y la singularidad reside en que fueron aquellos escritores más  hamletianos los más reflexivos, los que tuvieron un talante filosófico, los menos narrativos –si entendemos como narrativa la secuencia de unas acciones- los que se volvieron quijotescos en su empeño de conseguir trascender a la realidad su propia Ínsula Barataria, el esplendor democrático que siguió a la Restauración Borbónica y a la Dictadura de Primo de Rivera. Es decir, unos escritores hamletianos, reflexivos se verán en la obligación de tomar parte activa en la en la vida polícita contribuyendo a alzar el andamiaje de un estado vislumbrando en la lectura, o mejor dicho en la relectura de la obra cervantina.
Otra singularidad en esta obra que se perpetúa en ecos y resonancias reside en las circunstancias en que son escritas las tres obras: el ensayo sobre ensayos de una obra narrativa: Cervantes escribe su obra desde el desencanto no ya solo de su vida, sino de toda una nación que se despierta de sus ínfulas imperiales, cuyos coletazos son los que, Regeneracionistas mediante, estimulan a toda una generación –la del 98- que se plantea la idea de qué es España con una mirada intramuros a partir de la pérdida de las últimas colonias, cuya certidumbre alcanzará a los novecentistas y crisis que envuelve, nuevamente, las circunstancias en que Luis Arias Argüelles-Meres escribe este libro.
¿Qué es España, pues? Parece que una crisis alargada y perpetua.
Esta idea hamletiana, esta preocupación, esta matière nos presenta nuevamente otro hecho coincidente. El gran ideal, la gran preocupación, la indignación sobre la esencia de qué es España llevaba siendo asunto durante casi un siglo de la literatura rusa que indagaba, obviamente, sobre el espíritu, sobre qué era la esencia de Rusia. Perdida en la su inmensidad de su ser, el gigante ruso había buscado las respuestas espirituales y su redención en la literatura. Y contradiciendo el inicio de una de las grandes novelas rusas, parece ser que todas las personas son iguales en su felicidad pero que, en ocasiones, también se advierten coincidencias en su tristeza y desolación.
España postulará sus esperanzas, firmará su capitulación de ansias entregada a la figura de un perdedor. Nadie mejor que un viejo y loco hidalgo, un idealista que se ha creído un caballero andante para consolarse del aldabonazo de la realidad.
En el relato de un perdedor hallarán el consuelo, ese espejo en el que mirarse, el ejemplo a seguir.
Así, Cervantes se convierte –inadvertido hasta ahora por toda la crítica literaria- en un referente generacional. No solo el Cervantes literario, cuyo mérito ha sido reivindicado por Galdós años antes, rindiéndole homenajes velados y declarados en muchas de sus novelas y de sus Episodios nacionales. Cervantes es al noventayocho y al novecentismo, si no más, al menos tanto, que lo fue Góngora al Grupo Poético del 27. Es Cervantes el verdadero referente , aunque el espíritu de Larra –con visita incluida a su tumba- sea influyente y su tributo, su puesta en escena, sea más espectacular y simbólica: Azorín, Maetzu, Unamuno, Ortega, Azaña, Pérez de Ayala o Américo Castro, redescubren, miran a España y se plantean su futuro a través de la mirada, de la óptica del loco hidalgo.
Solo quien sueña sabe de realidades distintas. De esos sueños y de la contribución a la forja de una realidad, la de la Segunda República, nos habla este libro. 

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