sábado, 4 de abril de 2020

Tiempos y territorios del columnismo de Luis Arias Argüelles-Meres


Las columnas y artículos periodísticos constituyen producciones literarias breves, efímeras. Nacidas al albur de los acontecimientos, parece que, como las noticias que acompañan, se sumen en la caducidad de las mismas, que no suele durar más allá de las veinticuatro horas. El periodismo es un Saturno devorando sus propios textos.  El medio, como decía, McLuhan, es el mensaje.
Los libros, ese otro producto tan reverenciado por muchos, desprestigiado o menospreciado por tantos inmigrantes y nativos digitales, viene a trascender y hacer justicia con muchos de esos artículos que se sumen en los papeles que protegen los pisos recién fregados, los pliegos que se usan de envoltorios de las ferreterías…
En un mercado editorial hipertrofiado de bestseller y de autoayuda, escamoteado de poesía y de relatos, la aparición de un libro recopilatorio de columnas y artículos periodísticos es una noticia tan buena como inusual, y por eso corresponde saludar la valentía de Velasco ediciones para sacar adelante tan arriesgada empresa.
Testigo de un tiempo. 25 años de columnismo, de Luis Arias Argüelles-Meres viene a hacer justicia con uno de los más importantes cronistas de la Asturias política social y cultural. La de Luis Arias es una carrera literaria cuajada de lealtades: la lealtad hacia sí mismo y sus valores; la lealtad hacia sus referentes literarios y la lealtad, esta sin duda la más preciada, hacia el público lector.
Testigo de un tiempo. 25 años de columnismo es una muestra de ello. De su producción literaria (y aún a pesar del acierto en sus incursiones narrativas)  prima siempre en Luis Arias la faceta de ensayista y columnista (empléense como sinónimos, a gusto de quien leyere). Apremiados de urgencia, el de Llaniu no desmerece un ápice en su vocación de estilo, fraguada con casi un cuarto de siglo de dedicación diaria; acotadas de brevedad, en este territorio de no más de equis palabras, encontramos piezas no exentas de profundidad.  Mas si algo llama atención en el conjunto de estos artículos es que están hechos de tiempo y a la vez buscan la atemporalidad. Y gloso el pretendido oxímoron de la temporalidad atemporal. Para empezar, nos encontramos en su título con “25 años de columnismo”, pero los hechos de los que nos hablan abordan un espacio temporal mucho más amplio. Valiéndose de las efemérides, Luis Arias remonta las aguas del tiempo, y río arriba, evoca acontecimientos sociales y literarios (“En el 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado”, “Casi cien años de ceguera. En el primer aniversario de la muerte de Solzhenitsyn)”, “Cuando ardió Barcelona”, “Poeta del amor y de la vida. En el centenario de Miguel Hernández”, “Aquel referéndum sobre la Otan (en el 25 aniversario de lzquierda Unida)”, “En el centenario de Antón de la Braña 1913-1985)”…
Muchos artículos hechos de tiempo y tantos hechos de muerte, porque sirve la última parada para echar vista a atrás sobre personajes importantes, a modo de sentida elegía más que de simplona nota necrológica:  Victoriano Crémer, Terele Pávez, Juan Cueto Alas, Macrino Suárez , Gerardo Lombardero, José Luis Martínez…
El tiempo, decíamos, dúctil en esta antología, es el tiempo subjetivo de quien aprendió (y enseñó) que la función principal de la literatura ha de ser la de alzar el vuelo y tomar otras múltiples perspectivas posibles para liberarnos de lo que nos aherroja; la literatura es para Luis Arias Argüelles Meres la fuente de liberación, la posibilidad de aprender de nuestros errores, de retomar el cauce con aquella otra España que quiso ser tan posible y que no pudo (o no la dejaron, más bien) ser.
Luis Arias es un apasionado de la literatura y de la educación entendida al modo republicano; y como apasionado de la literatura, le late esa pasión tan noventayochesca de la preocupación nacional, alejada de patrioterismos estériles; al de Salas le preocupa también su tiempo, nuestro tiempo, y sus artículos (bendita hemeroteca en este caso) se muestran en ocasiones providenciales. No hay partidismo y esa independencia (que tiene peajes que asumió con integridad) se ha convertido en su principal valedora frente al público lector y a la sociedad: en estos artículos se dispensan críticas a todos los sectores políticos, sin achicarse ante las primeras espadas de la política regional, sin cebarse con los segundones… Pasen revista a estos artículos y verán a los políticos principalescos retratados, sus filias y fobias en página y media, de perenne actualidad.
Hablábamos de su talante noventayochesco (no solo de tiempo se nutre el libro, no solo de tiempo): el occidente es la Castilla de Luis Arias. El territorio que simboliza el abandono del alma rural asturiana, de nuestra esencia, negada por una clase política. No pocos son también sus artículos dedicados a denunciar la situación en que se halla la región, y sobre todo la parte más deprimida, más abandonada de Asturias (“La salsa de Salas”, “Elogio del occidente astur”, “Delirios del politburó arecista”…). El occidente asturiano despierta en el verbo de Luis Arias la melancolía y el compromiso a partes iguales; el patio machadiano repartido entre las plazas ovetenses y la casona de Longoria… ¡¡Cuánto se echa en falta su discurso del día de les lletres en este libro!!
Tiempo y espacio de la literatura se articulan, son las columnas vertebrales del libro de Luis Arias. Con su antología podrían enseñarse en las aulas la función social y estética de la literatura; la importancia de los intelectuales; la posibilidad de soñar con otro estado o con otro Estado, como hicieron los intelectuales del primer tercio del siglo XX; sus artículos actualizan los clásicos, y con ello nos ayuda a entender que son clásicos porque nos ayudan a comprender el mundo en que nos movemos: Unamuno, Valle, Casona, Ortega, Ayala, Galdós, Blas de Otero, Feijoo, Lorca, Machado, Miguel Hernández…
Un libro que nos ayuda a sentirnos no solo testigos de un tiempo, sino protagonistas del mismo.

jueves, 5 de marzo de 2020

En piyama a clas


A lo primero fue daquién que dixo: «mañana vengo a clas en zapatíes». Y fízolo. Y nun pasó nada. Unes risines cuando lu sacaron al enceráu, la clas mirando pa les zapatíes. ¿Y la profesora? Ensin saber qué facer. Como que nun pasaba nada. Porque claro, en nenguna parte se recoyía que nun hubiere derechu a dir a clas en zapatíes. Y los derechos, home, quien va quitar un derechu a otra persona…
Al día siguiente fueron trés los que dixeron que diben dir al institutu coles zapatíes, pero rosas y de pompones. Y claro. Yá se sabe. Lo de los derechos, y quién yes tu, vengo asina porque quiero, y a lo meyor ye una parte importante de la personalidá, tampoco ye pa tanto, y cómo vamos coartala.
Daquién xubió la semeya de los seis pies enfundaos nunes pantufles roses de pompón al instagram y tuvo munchos likes, corazonzucos a magüeyu, y de tolos institutos vinieron comentarios «jo tíxs sois la caaaaaaña», y cosiquines asina.
Lo que tienen les redes sociales y l’adolescencia ye que nun ven sebe y quieren más. Daquién escurrió que taría bien, yá que les clases yeren un muermu, yeren peraburríes, yeren pa echase a dormir (dalgún hasta usaba la mochila como almohada), venir a clas en piyama y ver la cara que -yos quedaba a los profes.
Punxéronlo nel grupu; «hai q dase 1 tiempu, que yo quiero pillar per amazon un piyama de panda», comentó daquién, y venga poner emoticonos echando llárimes pelos güeyos. Quedaron. Hubo quien se cambió en portal de casa y fue tol camín en piyama; hubo quien se cambió nel bañu del insti, y hubo quien, al final, acolumbró qu’aquello taba diéndosenos de les manes y dexó’l piyama na mochila. Tamién hubo quien siguió aquello como llevaba siguiendo los cuatro años de la ESO: con sufriencia, intentando siguir les clases.
L’osín panda punxo’l gorretu y allegóse a la pizarra: “Fiesta de piyames”. Y toos se rieron de la que facíen el selfie que diba tar rulando peles redes sociales y grupos, recoyendo likes, comentarios.
Vinieron les clases. Hubo quien s’enfadó: ¿esto sábenlo en casa?; hubo quién siguió como si nada, ya sabéis, que tienen derechos, que les families, que yá los enseñará la vida; quién lo celebro, y nun -y paeció tan grave.
Al recréu pasearon pel institutu, delantre de los despachos de los departamentos, de les xefatures d’estudiu, de dirección: el restu del institutu aplaudíalos, chiscába-yos semeyes (anque’l móvil taba prohibíu) y sacábase fotos con ellos, como cuando vas a un parque d’atracciones faes colos muñecos.
Llegó la última clas. Tocábanos col profe que munches vegaes aparcaba’l currículu pa falar con nós de lo que ye la vida; dacuando dábanos la razón en que sintaxis y lexemes y morfemes nun teníen que ver cola vida real y falábanos de lo dura que yera la vida real; dicíanos munches vegaes que pa que pudiéremos disfrutar d’una educación pública y gratuita hubo xente que sacrificó la vida; que n’otros llugares del mundu nun teníen la mesma suerte; que la educación yera la manera de camudar lo que nun-yos gustaba, empezando pela sintaxis y acabando pel cambéu climáticu; dicíanos que la manera de tratar a los demás ye la manera de tratase a ún mesmu… Que'l respetu y les convenciones sociales ye lo que nos faen civilizaos y que nun hai que confundir ser rebelde con ser maleducáu o un sinvergüenza.
En casa sentí dacuando lo del güelu, el maestru. Taba nuna fuesa con otros siete, ente Carbayín y Tiuya. Una vegada saliere en periódicu porque quería recuperar los restos del güelu. Hasta esi día nun arreparé en lo que significaba pa él la enseñanza: una manera, tamién de camudar el mundu.
 Asomóse a la puerta y llamó a dirección.
«Nestes condiciones niégome a dar clas. Ye una falta de respetu hacia la mio profesión y hacia la institución. Perequí nun paso. La educación ye un derechu, nun ye una gaita.»
 Tampoco yera pa tanto. Que ficiere como los otros. Qu’entrare, que nun ficiere casu y puntu. Yeren cincuenta y cincu minutos.
«Nun voi dar la clas. El respetu y la civilización muéstrense nestos xestos.»
Abriríen-y un espediente. El profesor xingo los costazos. Supongo que se rió al pensar no que yera eso comparao cola suerte del güelu. Abriéron-ylu. Un mes d’empléu y sueldu por desobedecer una orde d’un superior, por abandonu del puestu de trabayu, por…
Los demás criticáronlu. Dalgún profesor, incluso, que fue lo que peor me paeció. Que nun yera pa ponese asina. Que tol mundu sabe que…
Pasó un mes. Y esperémoslu. Dalgunos esperémoslu como s’esperaba a Fray Luis de León. Sonó’l timbre. Sentimos los sos pasos. Entró’l profesor d’otra traza: trayía una funda puerca; botes de goma perbaxo la rodía; asomaba un pañuelu de cuadros d’un bolsu y la camisa de baxo yera vieya, ruina. D’otru bolsu asomaba un cordel d’espartu, del que s’usa p’atar los sacos de patates cuando tán enllenos… Nun traía llibros, como avezaba; nin el maletu. Sacó’l pañuelu enllenu llamparones y púnxose a borrar l’enceráu (yera vezu qu’escondiéremos el borrador) entafarrándolo too.
El más bravu de la clas fue’l primeru en sentenciar: «Vaya pintes»
El profesor dio la vuelta y miró pa la clas. Mirónos como cuando dicía una d’aquelles verdaes fundamentales que se te quedaben en maxín, como un anzuelu, y contra más facíes por sacales, más escarabicaben. Mirónos con un biecu nel qu’había un posu amargu y triunfal, a la vez.
«Ye la ropa que pongo pa despachar el ganáu».

viernes, 28 de febrero de 2020

Pites, pites...


Zequiel, un amigu mélicu, andaba en Cuba nun programa. Yo sabía d’un descendiente d’asturianos que guardaba en casa, escondíos baxo una parva de Gramma, llibros colos qu’un tíu arrampló del Centru Asturianu. Vendíalos de secultres, gotu a gotu, esperanzáu en que nuna dómina más bonancible, aquellos llibros-y sirvieren p’abrir un negociu.
     Mandé a Zequiel a que me dixere lo qu’aquel paisanu tenía. A vuelta de email contóme lo que-y pasara.
     «Nun lo vas creer», entamaba.
     Perdiérase y nun daba coles señes. Metiérase nun llaberintu de casi y entró-y mieu entrugar, porque nun quería que lu reconocieren como estrañu; tentaba dar la vuelta y apaecía nel mesmu sitiu: cais esfarraplaes, bohíos… Y de sópitu sintió enduvielláu nun son caribeñu llamar «pites, pites…»
     Tres d’una tapia vio a un vieyín engurriáu llamando a les pites nun patiu. Sintiólu falar y, tres de vencer l’espeyismu de sentir la llingua propia nun acentu estranxeru, saludó y púnxose a charrar. Llamábase Fabricio y yera de Cabaños. Por nun dir de quintu escapó pa Cuba y anduvo a lo que pudo. «Poqueh perreh truxi, compay, que nin ruxíen en bolsu».
     El mio amigu faló-y de Llangréu y costó-y reconocer aquel otru Llangréu deteníu nel tiempu, na memoria. «El paisanu falaba un asturianu guapu, curiosu». Exóticu, pensé yo.
     Pero lo increíble vieno dempués, cuando s’asomó la fía y lu vio falando.
     «¿Uhté entiende al auelo? Poh no fue que nohotroh creímoh que se vorviera loco, de la demensia, tú sabe, y que se le había ío lo de hablá»
     El paisanu tenía alzheimer. La enfermedá sumía-y la memoria más recién: nun reconocía a los allegaos, pero dacuando llevantaba y dába-y porque yera día de mercáu en Sama y que marchaba sentir a Xuacu cantar.
     Zequiel dolióse del paisanu. Exiliáu otra vegada de la vida, lloñe de les persones amaes, a les que l’escaezu nun permitía reconocer, y solu, tremendamente solu, porque tornara a falar nuna llingua de la qu’entá conservara memoria.
     «¿Qué te paez, amigu? Tamién equí creen que tán llocos los que falen asturianu», finaba con amargor.
     Créote, concedí yo.
     ¿Cómo nun lu diba entender?
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jueves, 30 de enero de 2020

El saludu gánase


De la qu’entamé a poner clas en Grau una tarde (sí, los profesores trabayamos tamién peles tardes, munches tardes) empobinaba pal institutu detrás de comer nun chigre. Crucié cola reciella que salía, ruxerruxendo, escorriéndose, esgargayando, camín de casa. Saludélos ya inoráronme. Miraron pa min y riéronse.
Al día siguiente, en clas, entré y di los bonos díes. Respondiéronme. En clas taben dalgunos (y dalgunes) colos que me topare la tarde anterior.
«Home, menos mal… Creyí que me volviere invisible. Como ayeri nun me saludasteis…»
Punxeron cara de sospresa, y retrucaron.
«Home, profe…, ¿qué esperes? El saludu gánase»
Llevaba unes selmanes malpenes. Nun sabíen nada de min. ¿Y yo esperaba que me trataren con respetu, como a un igual?
Xingué’l costazu y tome nota. Pasaron los meses. Hubo coses bones y males, como en tou trabayu nel que se trata con xente; como en tou trabayu en que se ye nuevu, ún comete, dacuando, gambaes. Pero al final, reconocíemonos: ellos en min y yo nellos.
Pa cuando acababa’l cursu, hubimos quedar pela tarde a les evaluaciones. La cercanía del veranu ablandia los corazones del alumnáu y del profesoráu, y a la vuelta de comer, repitióse la escena. Pasaba un rebañáu d’ellos y, dende la otra cera, diben bullindiegos, al trope la cai, y saludáronme. Yo, dignu, como si nada. Gritaron, más alto… Sumáronse más y allegábame’l batavoléu de les quexes, «jo tía, el d’asturianu pasa de nosotros (güei diríen que los safé, o vaya safada…)»
Al día siguiente en clas taben esperándome sentaos (que ye gordo, y sabes que ye que pasa daqué):
-Á profe, ayeri vímoste y echémoste voz y nun nos saludasti…
 Punxi sorrisa de media boca, zorramplona.
-Ois, nin, ¿qué esperáis? Una xente mui sabio díxome allá una vezona que’l saludu ye dalgo que se gana…
Quedaron paraos. De poco, en viendo que -yos la devolviere, rieron y llueu hubo hasta un amagu d’aplausu amatagáu.
Aquella foi una llección que nun escaeceré na vida.
Nun se da de baldre lo que nos ye más querío: el respetu hacia nós y el respetu a los demás. El saludu gánase.

Resultado de imagen de aitor niega saludo

martes, 24 de diciembre de 2019

La memoria n'onde ardía (les memories del comandante Flórez)


En 2006 punxi clas d’asturianu nel centru asturianu de Rosario. Un día, una muyer averóme un sobre. Dientro veníen siete sábanes de fotocopies, escrites a máquina, chiscaes dacuando de tachones o correcciones a mano. Llamábase Carmen.  Y aquello resumía les memories del home, Manolo, que morriere diba venti años. Guardé’l sobre nel maletu del ordenador y nun eché cuenta más d’ello.
             Esti brañu tocó mudanza. Hubo que mover quintales de llibros y papelorios. Tres mudances equivalen a un incendiu, dicen. Pero nestes llaparaes de la mudanza (la segunda que fago) allumé un descubrimientu: aquelles fueyes endolcaes nun sobre nel qu’a llapicera escribiere «Memories» salieron a flote como’l mensaxe al mar nuna botella.
             Sentéme pa descansar de tantu trepe y púnxime a lleer.
             Ensin lliteratura, una voz cansao dictaba, dende la cama y la malura, los rescualdos d’una vida dedicada a la llucha. La historia grandona, la que vien nos llibros, en mayúscules suena estremao contada polos protagonistes.
             La derrota d’una utopía y el restu d’una vida viviendo nesti doble destierru: el de la patria y el del mundu que nun foi a ser.
             Punxí-y un mensaxe a Sergio Montero, artífice del perpreciosu documental Los labios apretados: «Tengo una cosa que va prestate daveres»
             L’otru día, en portal, entrugábame: «¿La muyer yera de Llatores y atopástila en Rosario? Vas tener les memories de Flórez» dicía con plasmu.
             Contóme qu’eses memories perdiéranles na Fundación Barreiro y Ramón Piñeiro, el gran estudiosu del tema, nun les llegare a ver. Montero falara cola familia allá en L´Arxentina, pero la muyer de Flórez, Carmen, carez de la enfermedá doliosa del escaezu y la fía nun sabía nada.
             La vida y la memoria tien estes coses de llaberintos: crucié l’océanu pa poner clas d’asturianu y alcontré la memoria d’un comandante de La Güeria que morriera venti años atrás. Esi sobre durmió ne batavoléu del escaezu, al debalu nel estaribel de la vida hasta qu’un día, al atopalu rexurdió de nuevo la voz cansao de Flórez.
             Otru rapaz  de L’Entregu, que cruciare l’océanu en cata d’ello, atoparíalo, frente por frente, nel portal de casa.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Segunda Piel, cantar contra'l racismu


De les satisfacciones que llevé nel desendolcu de la mio vida como docente ta'l cantar que compunxi pal día contra'l racismu, a petición de la mio compañera, María, de Música nel añu 2017, el primer cursu (2016-2017) de tar nel IES JJ Calvo Miguel. La lletra que-y entregué foi esta, y con estes blimes fizo un cestu bien guapu que ye lo qu'enseño como muestra de que l'alumnáu del institutu ye'l valor que más cotiza al alza.

Sé que te han dicho
que mi acento es distinto
que no le rezamos al mismo Dios
que nuestras palabras son distantes
que no hay un instante
de reconciliación
entre los dos
dzień dobry bon jour a toutes les persones
Sé que te han dicho
Que todo es distinto
Que entre los dos
Media un mundo
Un universo lleno de galaxias
Multicolor
dzień dobry bonos díes bon jour a toutes les persones
Sé que te han dicho
Que todo es distinto
Que hay un abismo
Entre tu y yo
Bon giorno dzień dobry bon jour a toutes les persones

Bienvenidos al mundo
Donde todo es diverso
Donde no hay sono un verso
Para cada canción
Bienvenidos al mundo
Que está amaneciendo
Propagándose adentro
De entre los dos
No hay globalización
Sino un viaje al fondo
Sino un viaje aquí hondo
De nuestro corazón
Bon giornodzień dobry bon jour a toutes les persones

Mírame a los ojos y dime
Dime qué ves
Bajo mi cuerpo guardo
Una segunda piel
Distinta, no tiene color
Ni blanca ni negra
Solo amor y dolor
La tiñen, y mira
Mírame a los ojos
Una y otra vez debajo
Guardo mi segunda piel
Es un espejo, asómate
Te verás como eres
Con tu segunda piel,
No hay razas ni etnias,
Hombre o mujer,
No hay diferenciación
Los seres humanos
Somos hermanos
Tenemos corazón y alma
Y si miras
Me dirás qué ves
Debajo, abajo, de mi segunda piel
Es el único idioma que puedo comprender
Es el único dialecto en que te voy a entender
Lo importante
Quizás no se ve
Le buscamos palabras para darle ser
Amor, hermano, también compasión,
Con pasión yo te canto
Y no con color de piel,
Cierra los ojos, dime qué ves
Dime que sientes mi segunda pìel
Es un párpado fino
no hay racismo
cuando triunfa el amor
los ojos se cierran para sentir el calor
cercano a tu segunda piel
si me ves y te veo sabré quién es
la persona que tengo delante, sabrá
comprender
que nada es más importante
que mi segunda piel.

Una conferencia de vívida literatura vivida ( presentación del libro "El conferenciante" de Javier García Cellino)


Para quienes los buscamos y los coleccionamos, tienen algo de racimos de uvas o garrapiellos d’ablanes los libros de cuentos y de relatos, pequeños frutos que penden de la unidad y que, aunque compartan la caña, son distintos entre sí: agraces o dulces, maduros o verdes….
Con un libro de relatos acontece lo mismo. Son distintos los frutos que penden de la misma rama, y distinto el sabor que nos deja en el cielo de la boca.
Javier García Cellino ha reunido un tercio de su vida (literaria) en el libro de relatos que lleva por título El conferenciante (Septem, Uviéu, 2018) y cuya unidad reside en la personalidad del autor mismo, en la visión que ha ido adquiriendo a lo largo de toda una vida de lecturas, escrituras y diálogos con la literatura propia y la de ajenos. Como los anillos que deja el paso del tiempo en el corazón del tronco y que solo se perciben al abrirlo, así el lector puede ir contando las estrías literarias que vida y lecturas han dejado en la narrativa corta del autor langreano.
El conferenciante se concibe como una lección de literatura resuelta en once relatos. Estos los preside una prosa sobria y, como se dice en el argot de los escritores, con unos escenarios “bien amueblados”, es decir, para profanos, se percibe una labor de documentación trabajada con el propósito de hacer creíble, de incrustar en lo verosímil, la ficción: “La línea Maginot” y “Los buenos tiempos” son, en este sentido, los mejores ejemplos.
A medida que viajamos en la lectura percibimos que hay una búsqueda hacia el interior del relato y hacia el exterior de la geografía; un viaje hacia el más difícil todavía, precedido del redoble de tambor que se escucharía en el circo de “Bobby hasta el final de los siglos”. Javier Cellino busca desligarse de sí mismo en los relatos. Quedarse a solas con la literatura, con la tensión cortazariana que haga del relato un todo que sea capaz de sostenerse por sí mismo.
Y para ello prescinde de sí mismo. En sus relatos, Javier García Cellino no quiere ser él ni sus circunstancias. Nada hay que nos permita ubicarlo, a él o a sus personajes, en una coordenada espacial a través del lugar donde se sitúa la acción –en tan pocas ocasiones aparece alusión a algún topónimo-, ni siquiera el nombre de los personajes, que muchas veces recuerdan apellidos ultramarinos, cuando no son alemanes o franceses, de acuerdo con la ambientación del relato. Nada, ni un mínimo guiño, como había hecho, por el contrario, en la novela Círculos de tiza, a su contexto personal o a su biografía. Sí se permite el uso de ciertas licencias líricas en algunas descripciones, metáforas que solo la mirada de poeta puede hacer reposar en la prosa, con delicadeza, sin hacer daño o estruendo con el resto.
Además del autor, además de esa apuesta por una mirada comprometida solo con lo literario, ¿qué otra característica baña las once piezas de este libro? Inconfundiblemente el sabor, entre ácido y amargo, de una dulce ironía. La mayor parte de los once relatos que componen la entrega, se resuelven por la vía de ironía “ex machina”, un recurso que arranca una sonrisa al lector y deja sumidos en el mar de la desolación a los personajes.
Es la ironía final una constante en este muestrario hasta el punto de que se hace previsible que todo será imprevisible: desde el primer relato (biológicamente o cronológicamente hablando, es decir, escrito), “El sur”, hasta el primer relato (el primero que se encontraran cuando partan el árbol, que de celulosa arborescente se trata la materia con la que se componen los libros), “Los buenos tiempos”.
Los personajes, que fantasean o echan mano de argucias ficticias para sobreponerse a las particulares desgracias cotidianas, acaban derrotados por una ironía que cercena sus esperanzas.
¿Es esa, acaso, la lección final de El conferenciante?