La bala lo atravesó a la vuelta,
puramente en la esquina. El cuerpo se desplomó de a de poco, como un pelele sin cuerdas, como a un muñeco de feria al
que se le consumen las baterías. Yo vivía en la pensioncita de Virtudes. Apenas
tuve tiempo de bajar saltándome las escaleras para beberme los últimos sorbos
de su respiración; ya algunos curiosos se le habían acercado y se hacían los héroes
pidiendo ambulancieros. El plomo le reventó el pecho y la farola, contra la que
se había apoyado, le aceleraba la lividez cerúlea de muerto en vida. Le gustó
reconocer una cara amiga entre tanto curioso, entre tanta escandalera, entre el
ruido de sirenas y los ay madre, que lo mataron, y de ahí que me dijera, «Chacho,
que pensé que me había ido, ya», y le vi los lentes trochados a la caída, y
tosió un poco de sangre y me jaló de las manos y me entregó, entre amagos de
sonrisas y coágulos de su propia sangre una moneda de veinticinco centavos, «va
ser verdad que da mala suerte irse sin dejar propina», y me entraron ganas de
arrearle y decirle aguanta, compadre, pero él hizo gesto de caballero que sabe
cuando está de más en un sitio y se marcha sin hacer ruido. Alguien reclamó viene
ya esa ambulancia, que no hay aquí un doctor, pero lo vimos desplomarse fofo, sin
respuesta a las voces que lo llamaban de este mundo. Supe que mi papel allá
había terminado.
Se llamaba Domingo Infanzón Riera
y el mundo había dejado de serle grato; había sido un chinche para los conservadores
y los patrones le habían enviado algunos pistoleros; los comunistas, que se
iban armando, lo trataban de señorito y los liberales, que lo habían adoptado
en sus filas, lo veían ya como tipejo peligroso con ideales que podía estorbar
sus planes estratégicos. Los periodistas lo seguían porque era una fabrica de
titulares y los reporteros, a la mañana siguiente dijeron, «mira que buen
Domingo que nos regaló el último titular después de muerto».
La semana antes le habían
atentado contra la vida, pero lo salvó una moneda de veinticinco centavos que
se encontró en el bordillo. La bala errada rebotó y dejó dos muertos: Eduviges
la floristera, que tiñó de rojo sangre los nardos, dándole un aspecto de
clavelinas, y el pistolero, que tuvo la mala suerte de encontrarse con dos
nacionales y el poco acierto de enfrentarlos y errar más tiros.
Dos días después, tras asistir al
entierro de la floristera y darle el pésame al marido y a los niños, Domingo
bebía coñac español de los ingleses y lamentaba su fortuna: pobre mujer,
chacho, que se ha muerto por nada porque es cuestión de que a mí me den matarile
antes o después. Si no fue a esta será a la siguiente. Y jugaba en la mano con
la moneda de a veinticinco: ¿tú sabes que la dueña de la casa donde nos hospedamos
al entrar en la provincia decía que las monedas encontradas, si iban de cara,
traían buena suerte?
Yo le asentí al llevarle el coñac.
-Mi vieja era de esas macanas,
señor Domingo, al punto que veía un puro peso a la cruz y así se muriese de
hambre que no le entraba. Decía que de cruz le cayeron las monedas a Judas
cuando vendió al señor, y que la cruz, ya sabe… Cosas del viejo mundo, señor
Domingo.
-Pues es lo que no me explico,
chacho- dijo haciendo botar la monedita en el mármol- que estaba a la cruz y me
salvó la vida. Y es que pesan tanto los muertos, aunque no se mueran por
nuestra propia mano.
El señor Domingo estuvo en sus
cosas, bebiendo de sorbitos y pensando quién sabe, en el viudo y los
huerfanitos y en el matón que lo había acechado, que no le alcanzaba el magín
para pensar a qué tanta maldad hay en el mundo para matarlo a uno por unos
puros pesos. Y le pesó la muerte de la Eduviges, que se había llevado el
destino que le habían rifado.
Lo convidé a aquella copa. Fue la
última que tomó en su café de siempre. «Pues entonces no tengo para dejarte
propina, nada más que esta pura moneda, pero me vas a permitir que me la quede,
chacho, que no sé si me trajo suerte o desatino».
Lo convidé y no me importó, a
pesar de que era un trago caro.
¿Qué otra cosa podía hacer el
camarero de su mesa, el hombre que conocía sus horarios, el hombre que sabía de
sus paseos por las calles, de sus manías? ¿Qué menos podía cumplir el hombre al
que le pagaron por tanta información y, el triste mesero al que le dejaron un
revólver y el encargo, pucha, si le erramos de nuevo, si tiene tanto ángel, lo
rematas allá mismo y te doblamos el jornal?
Ahora, camino de la pensión, con
el cuajo en la garganta a punto de tornarse llanto, me quema la moneda que me
dio, inocente, como le quemaban a Judas sus treinta, y la vea y esta de cruz, y
de sangre y pienso qué razón había en lo que dijo Domingo.
Pesan tanto los muertos, aunque
no sean por nuestra mera mano.
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